No hagas el duelo a solas

«Perder un hijo es siempre una tragedia, pero hay que elaborarlo para no quedar prendida en ese laberinto y poder ayudar a quienes están en la misma situación. La soledad nunca es una buena receta si se quiere saber la verdad. Siempre se consideró que el duelo debía hacerse de puertas adentro. Antes, las mujeres se encerraban en su dolor. . Vivían la pérdida con resignación… todo era intramuros. Actualmente, con los grupos, las mujeres se fortalecen se sienten útiles y descubren que el horror es algo que no solo pasa a ellas sino también a muchísimas otras […] Nosotras ya no somos madres de un solo hijo, somos madres de todos los desaparecidos».

Nora Morales de Cortiñas, cofundadora e integrante del movimiento Madres de Plaza de Mayo – Línea Fundadora.

En Mauer, Moscona y Resnisky, (2024) «Clinica Psicoanalítica Vincular» , Buenos Aires: Letra Viva.

Perder no es solo perder. Es quedar suspendido en un tiempo que ya no avanza, atrapado en una escena que insiste, perdiendote en lo perdido. El dolor, cuando no encuentra otro cuerpo donde alojarse, se vuelve eco cerrado, repetición sin diferencia. Ahí, en ese encierro, el duelo enmudece, se agazapa, se fija.

El trabajo vincular introduce una torsión en esa lógica. No se trata de “compartir” en el sentido superficial del término, sino de producir un desplazamiento: pasar de la vivencia encapsulada a la experiencia que circula. Cuando otro escucha, no solo escucha; aloja, interpreta, resuena. Y en esa resonancia, algo del dolor pierde su carácter absoluto.

Los grupos de apoyo mutuo operan precisamente en ese punto. No como suma de individualidades dolientes, sino como tejido. Un entramado donde cada historia encuentra borde en la historia del otro. Lo que era indecible comienza a decirse, y lo que era insoportable empieza, apenas, a pensarse.

Hay algo profundamente transformador en descubrir que el sufrimiento no es singular en su forma, aunque lo sea en su contenido. Que hay otros que han atravesado —o están atravesando— zonas similares del mismo desierto. Esa constatación no borra el dolor, pero lo sitúa: lo inscribe en un campo compartido donde ya no es destino sino proceso.

Desde una perspectiva clínica, el grupo no es solo un dispositivo de sostén, sino un espacio creativo de producción psíquica. Allí se ponen en juego identificaciones, rechazos, espejamientos, diferencias. El otro no es un reflejo exacto, sino una alteridad que confronta y amplía. Y en ese movimiento, el yo, herido, encuentra nuevas configuraciones posibles, nuevas opciones de ser y hacer.

El trabajo vincular, entonces, no busca cerrar la herida, sino permitir que deje de supurar en soledad. Que pueda ser mirada, nombrada, sostenida entre varios. Porque hay duelos que, si no se tramitan en vínculo, se cristalizan en silencio.

Y el silencio, cuando se vuelve absoluto, no protege: aísla.

Abrir la palabra en presencia de otros no es solo un acto terapéutico. Es, también, un gesto ético. Una forma de decir: esto que me pasa no es solo mío. Y en ese pasaje, algo del sufrimiento se transforma en lazo.

Ahí comienza, verdaderamente, el trabajo.

 

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