Conspirar es Respirar Juntos

Ponencia presentada en el XXI Congreso Argentino de Acompañamiento Terapéutico, Neuquén, Argentina, 2025.

«El vínculo es una matriz performativa»

Quiero comenzar por algo que parece tan obvio que corremos el riesgo de olvidarlo: -nadie llega solo al mundo, y nadie se sostiene solo en él.

Somos seres en relación.

El yo, ese yo que tanto nos esforzamos en comprender y acompañar, no es el punto de partida, es el resultado de un tejido. El yo es un fruto, no una semilla. Por eso me gusta recordar —y reivindicar— esa frase fundamental de Martin Buber que dice:

“En el comienzo es la relación”. Antes del yo está la relación. No construimos el vínculo, nos construimos en el vínculo.

Y cuando uno trabaja en Acompañamiento Terapéutico, esta frase no es teoría: es experiencia cotidiana.

Lo vemos cada día en la fragilidad del sujeto que acompaña, en las grietas a través de las cuales un yo se desarma o se reconstruye, porque sabemos que todo acompañamiento es un acompañamiento mutuo.

Lo vemos cuando un adolescente que parecía perdido se recompone al sentir que alguien, por fin, se queda a su lado y lo escucha.

Lo vemos cuando un adulto mayor, aislado y dolorido, vuelve a sentirse un poco persona cuando alguien lo mira con interés en su historia.

No creamos vínculos. Nos realizamos en ellos. Los vínculos son performativos. Crean realidad. Y aquí surge el problema de nuestra época: si la relación es el suelo de la experiencia humana, ¿qué sucede cuando ese suelo se mercantiliza? ¿Cuándo el suelo cede a una lógica financiera? ¿Qué ocurre cuando la lógica del mercado entra en la intimidad, y empezamos a considerar los afectos como instrumentos, los vínculos como medios, y la presencia como una prestación? Vivimos un tiempo en el que el lazo social se evalúa por métricas, por eficiencia, por retorno de la gestión emocional. Y la subjetividad empieza a organizarse alrededor de la idea de utilidad: ¿Qué gano? ¿Qué obtengo? ¿Qué me aporta?

Pero un vínculo no se justifica: se vive.

No se usa: nos entregamos a él.

La pregunta no es como construimos un vínculo si no, como somos construidos por él. Quiero que penséis el vinculo como vinculo situado. No hay vinculo sin su locus, sin un En este punto, Jacobo Levy Moreno resulta una brújula extraordinaria. Para él, la matriz relacional es el origen del yo.

El vínculo no es accesorio: es matriz.

Y ahí es donde aparece la conexión con Buber: el yo–tú como forma primordial de relación humana. La matriz moreniana y el yo–tú de Buber son dos formas de decir lo mismo: que nos realizamos en relación. Moreno dirá “El desempeño de roles es anterior al surgimiento del yo. Los roles no surgen del yo, si no, el yo surge de los roles”.

Pero este modo de vincularnos está amenazado.

Franco “Bifo” Berardi indica una distinción que se ha vuelto crucial: la diferencia entre conexión y conjunción. La conexión es técnica, funcional, inmediata. Es la relación propia de las máquinas: rápida, estándar, intercambiable. Conectar no implica ser afectado: solo intercambiar información. La conjunción, en cambio, es humana, encarnada, abierta al riesgo. La conjunción implica tiempo, cuerpo, ritmo compartido.

En la conjunción uno no transmite datos: se expone.

  • Se deja afectar. Se transforma.

Permite que el otro deje marca.

Hoy vivimos en un régimen de conexión permanente, pero de conjunción escasa. Estamos hiperconectados… y sin embargo, profundamente solos. No os sorprenderá entonces que os dique que estoy en contra de “la virtualización del acto físico de encontrarse.” Porque cuando se virtualiza el encuentro, se virtualiza también la sensibilidad. Y nosotros —como acompañantes terapéuticos, como clínicos, como seres humanos— sabemos que la sensibilidad es lo que permite sostener un proceso, alojar un dolor, abrir una pregunta, habilitar un cambio.

Y es aquí donde tiene sentido recordar qué es, para Moreno, un encuentro. No un encuentro técnico, ni protocolar, ni profesional. Es un encuentro entre seres humanos:

“‘Encuentro’ significa más que una vaga relación interpersonal. Significa que dos o más personas se encuentran, pero no solamente para enfrentarlas, sino para vivir y experimentarse mutuamente, como actores cada uno según su propio derecho, no como encuentro ‘profesional’ (…) sino un encuentro de dos personas. En un encuentro las dos personas están allí, con todas sus fuerzas y sus debilidades, dos actores humanos bullendo de espontaneidad, sólo en parte conscientes de sus fines comunes.” (Moreno, 1993)

Moreno no describe una técnica: describe un milagro cotidiano.

En su origen la palabra therapeia entendida como curación estaba relacionada con milagro, lo terapeutas eran los que curaban en un tiempo que los conceptos de enfermedad y sanación estaban intrínsecamente ligados a lo espiritual y lo divino.

Y este otro fragmento —más poético, más visceral— amplifica esa imagen:

«Un encuentro de dos: ojo a ojo, cara a cara

y cuando esté cerca arrancaré tus ojos

y los colocaré en el lugar de los míos,

y tú arrancarás mis ojos

y los colocarás en el lugar de los tuyos

y entonces te miraré con tus ojos

y tú me mirarás con los míos».

Mirar con los ojos del otro. No interpretar, no deducir, no diagnosticar: mirar con los ojos del otro. Eso es lo que hacemos cuando acompañamos. Eso es lo que el vínculo terapéutico produce, incluso antes de que exista una palabra, una técnica o una hipótesis clínica. Y sin embargo, en este momento histórico, el problema del poder atraviesa todas las formas de acompañar. Vivimos en un tiempo en el que se habla mucho —tal vez demasiado— de empoderamiento.

La OMS lo define así:

«En el contexto de salud mental, la palabra empoderamiento se refiere al grado de elección, influencia y control que los usuarios (…) pueden ejercer en los acontecimientos que se producen en sus vidas… desafiar el control y la injusticia social (…) con la finalidad de capacitar a las personas a que afronten la opresión internalizada…»

Es una definición valiosa, necesaria. Pero tiene un límite: se centra en el control, en la capacidad de decisión, y deja un poco de lado que el sufrimiento no siempre se resuelve con elección. Muchas veces se resuelve con compañía. Además, Foucault nos recuerda algo esencial: «Todo poder es físico.» El poder siempre cae sobre el cuerpo. Y cuando un cuerpo está debilitado, comprimido, plegado sobre sí mismo, no basta con devolverle control: hay que devolverle respiración.

Por eso la idea de sublevación, tal como la formula Berardi, resulta tan iluminadora:

“El término sublevación se debe entender en su significado literal: como el levantarse de un cuerpo que estuvo demasiado tiempo plegado, comprimido (…) La sublevación es la recomposición del intelecto general con su cuerpo físico, social, afectivo y erótico.”

La sublevación no es un acto mental: es un acto corporal. Es un cuerpo que se levanta después de haber estado demasiado tiempo sometido al ritmo de lo externo. Y la clave de esta recomposición es la sensibilidad, que Berardi define así: “La sensibilidad es la capacidad de los seres humanos de comunicar cualquier cosa que no se pueda decir con palabras. Es la disponibilidad de los cuerpos a las caricias, a la compasión entendida como percepción compartida.”

Pero aquí viene el desafío mayor: ¿Cómo recuperar sensibilidad en un mundo que acelera todo? ¿Cómo sostener conjunción en un entorno que favorece únicamente conexiones rápidas y fugaces?

Porque lo cierto es que: Ya no respiramos juntos. Ya no conspiramos —en el sentido literal de la palabra: respirar con—.Respiramos solos y rápido, al ritmo de la tecnología. Hiperventilamos estímulos, no compartimos aire. La aceleración de los procesos afectivos —esa velocidad que impone la virtualidad— rompe la armonía del encuentro. Nos despega del otro, nos desintoniza, nos deshumaniza.

Es entonces cuando toca hablar con contundencia:

Hemos perdido la armonía del respirar conjunto,

y sublevarse a esta aceleración es conspirar.

Conspiremos.

Conspiremos recuperando presencia.

Conspiremos recuperando cuerpo.

Conspiremos recuperando la posibilidad de estar con otro sin prisa, sin función, sin “utilidad”.

Conspiremos devolviendo lentitud, ritmo humano, tiempo compartido.

Conspiremos en cada acompañamiento, en cada mirada que dice “aquí estoy”.

Conspiremos en cada encuentro que devuelve sensibilidad a un cuerpo fatigado, en cada gesto que vuelve a situar al nosotros en el centro.

Levántante

Conspiremos.

 

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