
“La investigación en torno a la teoría del apego se está convirtiendo en una de las corrientes más importantes en la actualidad. Por eso es importante entender que el concepto de apego define unos comportamientos y unas estrategias de relación específicas en el niño y en los adultos destinadas a cubrir unas necesidades propias, diferentes de otras necesidades básicas como las de afiliación o cobijo. La manera en la que la díada madre-niño gestione la resolución de estas necesidades intrínsecas determinará la relación de apego, más o menos segura, que se establecerá entre ellos. En este sentido se diferencia de otras relaciones vinculares que tiene el niño y que no son específicas del sistema definido por John Bowlby.
El vínculo, frecuentemente confundido con el apego, es un concepto más amplio y que compromete una mayor variedad de comportamientos y modos relacionales. Vincularse es algo innato en el ser humano y es básico para el correcto desarrollo psico-emocional. Es por ello que las relaciones vinculares no solo sirven como fuente para las necesidades vinculares propias, sino que ayudan a satisfacer otra serie de necesidades primarias.
Dada esta tendencia a la confusión entre conceptos que implican procesos y mecanismos diferentes, es importante que en la literatura se utilice la palabra apego únicamente cuando nos refiramos a este sistema concreto de estrategias que hemos mencionado. El mal uso de este concepto y la utilización del mismo de manera indiscriminada, confundiéndolo, por ejemplo, con la idea del vínculo, implican una interpretación errónea de la teoría original de Bowlby.
El uso estricto de las palabras apego y relaciones de apego, nos va a permitir ser capaces de elaborar un marco teórico apropiado, sabiendo en cada momento cuales son las dinámicas que están en juego y pudiendo entenderlas y abordarlas de manera más efectiva”.
Conclusiones del trabajo Apego y vínculo: propuesta de delimitación y diferenciación conceptual publicado en la Rev. Temas de Psicoanálisis de I. Burutxaga et all.
«El 6 de julio de 2016, las portadas de los periódicos y los primeros minutos de los informativos de televisión se dedicaron a un mismo tema: una niña de nueve años había escondido una grabadora en uno de sus calcetines para demostrar que su padre abusaba sexualmente de ella. La niña, a la que los medios de comunicación bautizaron como María, llevaba dos años alegando que su padre la tocaba y repitiendo contundentemente que no quería verle.
Habitualmente recibo la consulta de padres y madres que me preguntan por sus hijos que están todo el día en el ordenador “jugando juegos”, “ya ni viene a comer ni cenar” “no comparte nada con nosotros”. En general se plantea el problema como una enfermedad bajo el paraguas de la adicción. Identificado el hijo como enfermo se plantea la duda de cómo hacer para que él venga a consulta o, (contando que suelo moverme a los domicilios) me plantean la posibilidad de ir a ver a su hijo al domicilio familiar. En los casos en que he podido contactar con ellos, lo que me dicen, casi por unanimidad, es: “los locos son ellos”, “los que necesitan ver a un psicólogo son ellos”, y respuestas similares.



